Hoy es la noche de San Juan, la noche de las hogueras, del fuego. La noche de aprovechar ese fuego y quemar en él, todo lo que ya no quieres, lo que deseas dejar atrás que no te acompañe en tu día a día. La noche también de los deseos, de los propósitos. Hay una magia especial en esta noche ayudada sobre todo por el propio fuego, no conozco a nadie que no le guste mirarlo, que no se quede abstraído viendo las miles de figuras que dibuja, que no disfrute con su crepitar.
Mi primera hoguera la salté con 37 años cumplidos 20 días antes. Era como el punto final a un año en el que había habido muchas “1ª vez”. La 1ª vez que subía a un árbol, que escalaba una roca, que tiraba piñas intentado hacer diana en un blanco cercano, la 1ª vez que vivía sola (bueno, me refiero sin personas humanas, porque La Peke era mi compañera perfecta de piso). La 1ª vez que… era realmente feliz con mi vida.
Así que allí estaba, intentado de nuevo saltar a través de mis miedos, porque así lo empecé a vivir. Vi como ese miedo que me atenazaba y me obligaba a salir corriendo en dirección opuesta me había impedido disfrutar, gozar de las cosas buenas de la vida. Vi como ese miedo, que ahora parecía tan claro delante de mí, me había impedido ser feliz. Ya veis, para muchos saltar una hoguera, es algo trivial, divertido, ritual si quieres, para mi, mi primera hoguera significó darme cuenta de todo lo que había dejado de vivir, de sentir, por no enfrentarme al miedo.
A mi lado había un grupo de amigos. Habíamos quedado en un sitio muy mágico cerca de Madrid, el lugar era precioso, la propia energía de grupo me animaba a ir mas allá del temblor de piernas, de la boca seca, de las manos húmedas y por supuesto ¡Miquel! En el otro lado alentándome siempre con su visión uraniana de mi potencial valiente… Respiré hondo, cogí impulso, salté por encima del fuego y… me caí, caí al otro lado al pisar una de las piedras que rodeaban la hoguera.
Crecer duele, al menos eso dicen, pero a pesar del dolor y de que tuvieron que llevarme en volandas al coche entre todos yo estaba feliz, incluso, recordaba a mi abuela contando una anécdota de mi padre una vez que vino con la mano rota diciendo, “mamá creo que me he roto la mano pero… HE METIDO UN GOL!”. Yo había metido mi propio gol, me había hecho un esguince de tobillo, pero HABIA SALTADO LA HOGUERA, y lo que es más importante, me había dado cuenta de algo que marcaría mi vida desde entonces, yo era valiente, porque ser valiente no significaba no tener miedo, un ser valiente es aquel que aun teniendo miedo es capaz de verlo y vencerlo aunque tengas que pagar un precio por ello. En mi caso fue un precio muy pequeñito. Es verdad que seis días después me iba a la playa y tuve que mantener reposo, un reposo que no llegué a hacer y que impidió que el pie se restableciera del todo pero siempre me lo he tomado como una “herida de guerra” que me recuerda el aprendizaje de aquella noche.
A partir de ese día intento que el miedo no me impida hacer, vivir, sentir… a veces me lleva mas de la cuenta hacerme con él, pero finalmente lo hago y entonces mi vida crece, se vuelve mas rica, llena de matices, tranquila y feliz.
A partir de aquel 24 de junio he celebrado todas las noches de San Juan, inclusive, aquí en Nilaya, hemos hecho de ella una de las fiestas que compartimos, aunque este año las circunstancias han hecho que lo hagamos en otro sitio, no por ello voy a dejar de celebrarlo. De hecho, os invito desde aquí, a que lo hagáis, a que aprovechemos la energía del fuego de esta noche mágica, para quemar nuestros miedos, esos miedos que nos impiden tener la vida que queremos, que en definitiva todos nos merecemos.
FELIZ NOCHE DE SAN JUAN!!.
Naloy
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