| "Hablando de traumas" |
|
Creo que una de las cosas más difíciles en esta búsqueda interior es VER que efectivamente hay un “trauma” que te impide vivir y que puedes solucionarlo si te enfrentas a él. En mi caso el trauma lleva el título de “miedo al abandono”. Cuando tenía 23 años tuve una depresión de esas que bendices años después pero que en el momento te dejan fuera de combate. Ese estado depresivo hizo aflorar mi miedo al abandono convirtiéndome en un ser miedoso, obsesivo, asfixiante, incapaz de vivir y dejar vivir. Vivir en el sentido que era tal el miedo que tenía a que “el otro” no volviera, que prácticamente no le dejaba ir a ninguna parte sin mí. Cuando me separé del que entonces era mi marido el problema se acabó y … volvió a aparecer con el inicio de una nueva relación. Cierto día en que mi nueva pareja se había ido sin decirme nada mientras dormía al volver me encontró echa un mar de lágrimas, histérica de puro miedo. Aquella reacción me asustó. Primero, porque infeliz de mi, creía que el miedo había desparecido con mi primera pareja y segundo porque me sentí como una niña pequeña asustada y abandonada. Así que… empecé a investigar mi propia vida. Mi madre me contó que cuando tenía 3 años nos mudamos de casa, solo había que subir cosas de la casita baja donde habíamos vivido hasta ese momento, al 3º piso de la casa de al lado por lo que me dejaron durmiendo en la cuna. Cuando fue a verme se encontró con una niñita asustada llorando desconsoladamente, aún no se explica muy bien que pasó porque insiste en que solo me dejó un momento, cosa que no dudo porque conociendo su responsabilidad maternal y sus propios miedos personales no podía ser de otra forma, lo cierto es que después de aquello siempre que por algún motivo se retrasaba al ir a buscarme al cole, se encontraba con la misma niña asustada llorando desconsolada. Así que vi que el mismo episodio que teóricamente yo no recordaba, ante una situación parecida (me habían dejado sola en la cama sin decirme que se iban) se repetia 27 años después exactamente igual. A partir de ahí empezó una búsqueda sin tregua por entender que pasaba, no comprendía muy bien como un episodio tan breve de la infancia podía marcar la vida hasta el punto de impedír vivirla. Porque ni que decir tiene que el miedo volvió a aparecer y volví a convertirme en el ser asfixiante y miedoso que no vivía ni dejaba vivir. Y volví a separarme … Así dejaba de sufrir. Así me convertía en un ser normal que no tenía miedo a que le abandonasen porque no había nadie que abandonara. Pero esta segunda vez al menos me había servido para darme cuenta de que tenía un grave problema, un trauma si queremos llamarlo así y, o me enfrentaba a él y lo resolvía, o jamás podría ser feliz conmigo y mucho menos compartir mi vida con alguien. En esa búsqueda apareció un ser especial. Él me ayudó a ponerle nombre a mi trauma y encararlo. Una vez a la semana hacíamos trabajo personal en el campo. Uno de los ejercicios consistía en dejarme “abandonada” en el camino. Comenzábamos a andar y sin apenas darme cuenta me veía sola en medio del bosque, entonces empezaba a llamarlo a gritos muerta de pánico, a desesperarme hasta que después de un rato aparecía esperándome al final de camino pero ya llegaba llorando, deprimida, sintiendo lo mismo que aquella niña de 3 años. Era todo tan curioso, ¿Qué pasa en nuestra mente realmente?. Quiero decir que si iba sola a pasear por el mismo sitio no había ningún problema, no sentía miedo. El miedo solo aparecía cuando “sentía” que me abandonaban. Era tan extraño eso del miedo que hasta llegué a hacer todo un tratado sobre él. Lo dividí en miedo absoluto, relativo y corriente, siendo el absoluto aquel que se apoderaba de mí convirtiéndome en un “guiñapo” de persona incapaz de cualquier razonamiento y el corriente pues por ejemplo, ese que todos mas o menos sentimos al ir al dentista. Estaba muy decidida a que mi miedo absoluto se convirtiese en corriente pero durante años continuó conmigo como miedo relativo. Relativo, porque aquellos trabajos en el campo reforzaron mi confianza. La confianza en principio en él, ya que pasara lo que pasara siempre estaba esperando al final del camino y mas tarde a entender que a un Dios nadie le puede abandonar, y esa parte de Dios que hay en mí fui empezando a verla. Aun así, cada vez que la situación se repetía, el miedo aparecía, ya era capaz de controlarlo no en vano lo había convertido en relativo, pero seguía estando. Fue cuando aparecieron las Constelaciones Familiares en mi vida y constelé a mi padre. Mi abuelo había tenido que dejar a su familia por causa de la guerra cuando mi padre tenía 7 años. Cuando la consteladota preguntó al que representaba a mi progenitor como se sentía contestó “Abandonado”. Apenas pude creerlo, el sentimiento que me había perseguido durante años impidiéndome vivir ni tan siquiera era mio, me lo había transferido mi padre al no poder resolverlo. Verlo ante mis ojos tan claro lo convirtió en corriente de un golpe. La siguiente vez que la situación que provocaba el miedo apareció no sentí ya ni los nervios ni el sudor frío, ni las ganas de salir corriendo, no había nada y me sorprendí a mi misma preguntándome “pero ¿Dónde está lo que se supone debo sentir ahora?”. Me había pasado tanto años con esa acción-reacción que me parecía mentira que hubiera desaparecido. Pero claro, ahora, al mirar atrás, veo lo conveniente de todo/todos, lo maravilloso del plan perfecto. El viaje a través del miedo absoluto hasta convertirlo en corriente me hizo crecer, ser más fuerte, más consciente, mejor persona, comprender cosas que jamás hubiese comprendido, aceptar ¡por fin! A mi padre y sobre todo aceptarme, empezar a quererme, ser una persona con algún miedo corriente y dejar de tener miedos absolutos. Naloy |
(¿Qué es eso de RSS?)

